El hombre que aprendió a «pintar con luz»
Juan Carlos Calle
En el centro de La Paz, donde las calles guardan memoria y las familias conservan su historia en retratos enmarcados, hay un estudio fotográfico que se ha convertido en parte del paisaje emocional de la ciudad. No es solo un local con cámaras y luces: es un espacio donde el tiempo se detiene en una imagen. Allí, desde hace casi cuatro décadas, trabaja Juan Carlos Calle, fotógrafo de oficio, comunicador, abogado y, sobre todo, un hombre que aprendió a “pintar con luz”.
Entró al estudio el 13 de agosto de 1985, con apenas 17 años. Lo recuerda con una precisión que revela cuánto marcó ese día su vida. No imaginaba quedarse tanto tiempo. Pensaba que sería un trabajo más, una etapa pasajera. Pero la vida, dice, acomoda las cosas de maneras inesperadas. Se fue algunas veces, probó otros caminos, pero siempre volvió. “Lo he llegado a querer, a amar”, confiesa, hablando del lugar como quien habla de un hogar.
En ese estudio no solo se formó como fotógrafo, también se formó como persona. Mientras trabajaba, estudió Comunicación Social y más tarde Derecho.
Sostiene que la fotografía fue el eje que le permitió desarrollarse en ambas profesiones, porque aprender a observar, a encuadrar y a entender a las personas frente a la cámara también es aprender a leer el mundo.
Su escuela estuvo marcada por la exigencia, nombra con respeto a Antonio Eguino y a Daniel Quintana, a quienes considera pilares en su formación.
De Daniel Quintana, su mentor, recuerda, incluso hoy la crítica constante: nunca estaba del todo satisfecho con las fotos, lejos de ser un desánimo, aquello se convirtió en impulso.
La búsqueda de la imagen bien lograda, de la luz exacta y el gesto preciso, se volvió una disciplina diaria.
Con el paso de los años, el estudio se transformó en un referente, cuando los laboratorios eran escasos y la fotografía no estaba al alcance de todos, era el lugar al que acudían, personas de distintos departamentos del país. Aún hoy, pese a la competencia y a la masificación de las cámaras digitales, la gente sigue llegando, familias enteras que han pasado por el lente durante generaciones regresan con hijos y nietos.
Sopocachi, Miraflores, San Pedro, la zona Sur: el mapa de la ciudad también es el mapa de sus retratos.
Juan Carlos ha sido testigo de uno de los cambios más radicales en la historia del oficio: el paso del rollo a la fotografía digital, recuerda cuando cada disparo era casi una apuesta, cuando no había pantalla para revisar el resultado y todo dependía del cálculo de la luz y la experiencia. Hoy, reconoce, la tecnología facilita
mucho: se puede ver la imagen al instante, corregir, retocar, modificar fondos. “Es un mundo fascinante”, dice, sin nostalgia amarga, pero con conciencia de que no todos lograron adaptarse. Él lo hizo a fuerza de estudio, cursos y aprendizaje autodidacta, entendiendo que el fotógrafo contemporáneo también trabaja frente a una computadora.
Por su cámara han pasado músicos, políticos, figuras populares y protagonistas de fiestas tradicionales. Ha retratado artistas, autoridades y personajes conocidos, pero cuando habla de lo que más valora, no menciona celebridades. Habla de familias, de abuelos que vuelven con sus nietos. De personas que, aunque no tengan muchos recursos, prefieren ahorrar para tener “una buena fotografía”., ahí dice, está el verdadero sentido del estudio.
Si algo define su gusto personal es el blanco y negro. Las imágenes con contraste fuerte, donde la luz y la sombra dialogan con carácter,
son su debilidad. No puede elegir una sola foto como la mejor de su vida. Prefiere pensar que cada retrato que logra satisfacerlo en el momento se convierte, por un instante, en su mejor fotografía.
Después de cuarenta años detrás de la cámara, su reflexión es sencilla y directa: la fotografía no es solo apretar un botón, hoy cualquiera puede tomar imágenes con un celular, pero ser fotógrafo implica otra cosa. Ser fotógrafo implica paciencia, mirada, sensibilidad y, sobre todo, pasión. “Hay que amarla”, resume. Porque, al final, más allá de la tecnología y los cambios, sigue siendo lo mismo: capturar un instante de vida y convertirlo en memoria.
Y en una ciudad que cambia todos los días, esa memoria, guardada en papel, en marcos y álbumes familiares, también es una forma de resistencia al olvido, Juan Carlos Calle lo sabe, por eso sigue ahí, detrás de la luz, esperando el próximo rostro que se siente frente a su lente.

