Qhuntayaña’: ya no somos uno

Qhuntayaña’: ya no somos uno

El hijo de la presidenta ha sido asesinado en interior mina. Se desata la represión. Se busca a los culpables. El coro mira para otro lado. Hay miedo. Es “Qhuntayaña”, la nueva obra de teatro de Antonio Peredo que se representa durante todo el mes de octubre en La Paz

Autor Ricardo Bajo

La tragedia (griega) fue la primera forma de teatro. Volvemos a ella de forma constante. Retornamos como sombras a preguntarnos de quien es la culpa. No queremos más muertos, no queremos más decretos ni estados de excepción. Deseamos olvidar la muerte, no ponemos nombres a los muertos pero la tragedia regresa una y otra vez. Hoy ha vuelto a oscurecer en Bolivia. Y todos los sabemos.
Es sábado de estreno. Los treinta espectadores de “Qhuntayaña” (dirección y texto de Antonio Peredo Gonzales) somos el coro, la primera forma colectiva de teatro. Estamos en el patio/pasillo de El Bunker, a la intemperie. Colocados a ambos lados de las tablas. La integral puesta en escena (y el diseño sonoro y de luces) nos sumergen de forma magistral en la noche de la tragedia con los personajes brotando desde interior mina, por los costados y desde los balcones/ventanas de la casa torre.
Nos van a preguntar porque callamos, porque no hacemos nada, porque nos escondemos. Tenemos miedo. Nos ocultamos en la voz de todos. Somos el puto coro (el pueblo) que antes lo definía todo y ahora luce en silencio cómplice. Ya no sentimos el dolor del otro. Estamos solos y así nos marcharemos. Ya no somos uno.
Sobre las tablas, bailan los mineros. Hoy están aquí, mañana no. Han elegido a un nuevo “jilakata”, Sebastián (un joven y prometedor actor llamado Katriel Hidalgo). Hacen una ofrenda al Tío. “Para la tierra todo porque ella proveerá”. Hacen una fiesta. Entonces llega el primogénito de La Suprema, la ilustrísima presidenta de Bolivia, Bolivia (la debutante actriz cubana Carolina “Nina” Gonzáles López, de menos a más en la obra).
La maldición cobrará la vida del primogénito y se desatará la desgracia, la persecución. El esbirro/edecán de la dictadora (un solvente Wenceslao Urquizo) busca un culpable; hay que sacrificar a alguien. Puede ser el “jilakata” de turno, por ejemplo.

La madre de Sebastián (una emotiva Avril Micaela León) y la madre del hijo arrebatado en la mina tienen el corazón roto. ¿Dónde quedaron los corazones de las madres de todas nuestras tragedias? ¿A dónde se fueron los siglos de silencio y las lágrimas derramadas? Ojo por ojo, hijo por hijo. Es nuestro destino trágico, ineludible.
El Tío es insaciable, quiere más y más tributo. La muerte se ha quedado sin rostro, nos dice el “Wilka Uma” (un sólido Fernando Romero). Las tragedias de toda la vida son lo que no queremos ver. Eso somos. Mañana tal vez nazca un nuevo día. Aunque el coro -los asistentes anónimos y encapuchados incluido el director y todos nosotros- ya no estemos ahí para verlo.
La tragedia -primera forma de teatro- necesita catarsis pero solo reina el silencio. Nuestras contradicciones lucen desnudas como La Suprema, también entregada. ¿Es nuestro “fatum”? El coro reza para que los próximos condenados/sacrificados no seamos nosotros. «Qhuntayaña” no es una obra sobre la muerte, es teatro interpelador; es una obra sobre el terror y la cobardía, la nuestra.

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