La historia secreta del Gran Poder

La historia secreta del Gran Poder
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Imagina La Paz hace cien años. No hay asfalto en las laderas, no hay luces de neón, no hay sonido envasado. Lo que hay es polvo, cielo azul y una ciudad que empieza a crecer desordenada, como crecen las ciudades cuando llega gente de todas partes.

Llegan del campo. Llegan con sus costumbres, con su música, con su lengua. Llegan con sus santos.

En una humilde habitación del barrio de Chijini, una familia aimara llamada Aduviri guarda un pequeño cuadro. No es una gran obra de arte. Es un lienzo con la imagen de la Santísima Trinidad pintada con tres rostros, para ellos, es el tesoro más grande que tienen.

Sin saberlo, guardan el corazón de lo que hoy es la Fiesta Mayor de los Andes.

Los primeros pasantes En esos años no había Asociación, ni permisos municipales, ni sonido profesional, lo que había eran vecinos con ganas de honrar al “Tata”, así se iniciaron los prestes en su honor.

Un año le tocaba organizar la fiesta a don Severo, al siguiente a su compadre, al otro a la familia de al lado, se turnaban. Invitaban comida, bebida, contrataban una banda — si se conseguía— y abrían las puertas de su casa para que todo el barrio viniera a rezar y celebrar.

Eso que hoy vives con tu fraternidad —el compromiso, la organización, el “este año me toca a mí”— ya se hacía hace cien años, pero con velas y en cuartos de adobe.

El misterio de los tres rostros Un detalle que pocos conocen. El cuadro original del Gran Poder tenía tres caras: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Pero la Iglesia católica había prohibido ese tipo de imágenes. Temía que la gente pudiera confundirlas.

Sin embargo, el pueblo ya había hecho suya esa imagen y cuando un devoto retocó el cuadro en 1904 —unificando los rostros y rebautizándolo como “Señor del Gran Poder”— nadie protestó.

¿Por qué? Porque para la fe andina, lo importante era la presencia viva del santo, El Tata ya era parte de la familia, de las penas y alegrías del barrio.

Así funciona el sincretismo paceño, no hay imposición, hay fusión. Como la ch’alla que le haces al santo y a la Pachamama en la misma noche.

Las primeras danzas Los archivos cuentan que en 1924 ya aparecieron los primeros conjuntos, eran grupos pequeños, casi familiares.

Un grupo de lustrabotas —los “cebollitas” de la época— decidió bailar la danza Suri Sikuri. Eran niños y jóvenes que trabajaban en la calle, pero el día de la fiesta se vestían de plumas y bailaban para el Tata.

También llegó la primera Diablada y empezaba a gestarse la danza que hoy es el corazón de la entrada: la Morenada, ese ritmo pesado, majestuoso, que los migrantes aimaras reinterpretaron

como símbolo de resistencia y orgullo.

Las danzas no las inventó una academia, las inventó el pueblo, desde abajo, desde el trabajo y la fe.

Los bordadores de la Illampu Si algo distingue al Gran Poder es el estilo y el estilo lleva apellido: Chuquimia, Gisbert, y tantas familias de artesanos que convirtieron la calle Illampu en la cuna del traje folklórico.

Ya en 1923 funcionaban allí los primeros talleres de bordado, se hacían las primeras máscaras de moreno, los primeros trajes de diablo, las primeras polleras bordadas con hilo de oro.

Muchos de esos artesanos no bailan. Pero su arte danza en cada fraternidad.

1974: La fiesta sale del barrio Durante décadas, el Gran Poder fue una fiesta de Chijini, para Chijini, con el correr del tiempo y la popularización de la fiesta del Tata, en 1974 se fundó la Asociación de Conjuntos Folklóricos del Gran Poder.

Eso permitió llevar la fiesta al centro de la ciudad, las principales avenidas se llenaron de plumas, capas y sonidos.

La élite paceña, que antes miraba con recelo estas expresiones “de indios”, tuvo que aceptar que el Gran Poder era imparable.

Fue el momento en que el “cholo” y el “mestizo” tomaron el centro de la escena, ya no eran migrantes recién llegados, eran ciudadanos con una identidad y cultura poderosa.

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