El Búnker, La torre blanca de la Avenida Uruguay es un refugio para el arte

El Búnker, La torre blanca de la Avenida Uruguay es un refugio para el arte

“Nuestro éxito es un niño que paga con buñuelos” A 20 años de la fundación de El Búnker, Antonio Peredo nos recibe en la puerta, prepara café y suelta una frase que desarma cualquier entrevista: “No me imagino el futuro… va a ser igualito”. Esta es una crónica desde el refugio de los artistas paceños.

La torre blanca a unas cuadras de la Plaza Murillo, la Avenida Uruguay no es, precisamente, un destino para turistas. Por la cercanía a la terminal de buses, es más bien tránsito obligado para viajeros y locales, donde los comercios, los buses y los minibuses descargan ráfagas de humo y de gente minuto a minuto. Las vendedoras pregonan sándwiches de palta, jugos y salteñas desde sus puestos, el eco de voces y motores se convierte en un manto que lo cubre todo.

El paisaje es prisa. Ciudad que va de un lado a otro sin mirar arriba. Pero si alguien levanta la vista, si alguien se toma esa pausa absurda en medio del caos, va a encontrar una torre blanca. No es un faro. No es un monumento. Es un detalle en un edificio que decidió ser distinto en una cuadra donde todo es gris. Y ahí, en esa torre, pasa algo que no pasa en ningún otro lado de La Paz.

Adentro nos espera Antonio Peredo. Actor, director, dramaturgo, gestor cultural. también, si rebuscamos en su biografía, una faceta exfutbolista de la selección boliviana, pero eso es otra historia, la historias de ahora empieza el 2004, cuando un grupo de artistas quiso montar una obra, fue a buscar un teatro municipal y no encontró espacio disponible.

No había. Tomaron una decisión que bordeaba la improvisación, hicieron la función donde ensayaban, en esa torre blanca, tuvieron éxito y entendieron que ese era su refugio. SU BÚNKER. Veinte años después, Antonio sigue ahí. Nos recibe en la puerta, prepara café, habla de los próximos estrenos. Y cuando uno le pregunta por el futuro, suelta una respuesta que desarma cualquier entrevista preparada. No me imagino El Búnker en el futuro —dice— va a ser igualito. Y entonces uno se da cuenta de que no es una frase hecha, es un sueño, es una declaración de principios.

El hombre que pudo ser otra cosa. Para entender a Antonio Peredo hay que entender que este hombre que hoy es actor, director de teatro, dramaturgo y gestor cultural, pudo ser muchas otras cosas. Pudo ser ingeniero, abogado, periodista, carreras tradicionales que una familia paceña respeta estaban ahí, esperándolo. Pudo ser futbolista profesional de verdad —lo fue, jugó en la selección, y no muchos pueden decir eso—. Pudo haber seguido por ese camino, con sus luces, sus multitudes, su lógica más clara, pero dejó el fútbol, por coherencia, dice “Por política”.

Y se sumergió en el teatro. No en el teatro fácil, no en la comedia ligera que llena los fines de semana. Se metió en el teatro que incomoda, en el que tiene contenido político, en el que no hace concesiones.

Ahí no suavizamos nada, advierte, el discurso es el que es, “si viene menos gente, viene menos gente, pero no vamos a cambiar lo que somos para tener más público”. En tiempos donde todo se mide en alcance, en likes, en taquilla, esa frase suena casi a herejía, Antonio lo sabe, y la sostiene igual, está claro después de veinte años de fracasos y éxitos, que el teatro no es cantidad, es encuentro, es sentimiento.

La noche que un niño enseñó qué es el éxito. Antonio recuerda una vez que estaban haciendo un festival, nada gigantesco, de esos que caben en El Búnker con su sala íntima, sus butacas justas, su público de siempre. En medio de una función, apareció un niño, siete años más o menos, preguntó qué pasaba, dijo que quería entrar, preguntó cuánto costaba.

Es gratis, le dijeron. El niño dudó, dijo que iba a preguntarle a su mamá, salió corriendo hacia la calle, donde una señora vendía buñuelos en un carrito. Antonio lo vio irse y no le dio más vueltas, los niños son así, van y vienen. Pensó que no volvería, pero el niño volvió.

Y no volvió solo, traía a cuatro amigos, con una bolsa de plástico con buñuelos en la mano. Esto es para pagar mi entrada, dijo. Antonio se queda en silencio cuando cuenta esto, en sus ojos hay algo que no es nostalgia, sino asombro, como si aquella escena todavía le resultara increíble. Nadie le dijo nada, retoma, nadie le enseñó que debía pagar, ni cómo, él solito entendió que lo que iba a ver tenía valor, con su mamá hizo el sacrificio de traer esa bolsa de buñuelos. Mira a ningún lado. —Ese es el éxito, no los diez mil que llena Belinda, ese niño, esos buñuelos, eso es El Búnker.

El año que hicieron teatro en una plaza. A lo largo de estos veinte años, El Búnker ha sido muchas cosas, sala de ensayo, refugio de actores, espacio de formación, casa de creación, pero también ha sido un lugar que se niega a quedarse entre cuatro paredes.

Antonio recuerda con una sonrisa las funciones de Con las botas bien puestas. Una obra que parecía destinada a las tablas convencionales, pero que ellos llevaron a la plaza de Achocalla, al Monoblock de la UMSA, a la Plaza del Bicentenario.

Era una locura, dice, hacer teatro a cielo abierto, con el viento, con el ruido, con gente que pasaba y se detenía porque sí.

Para algunos de sus colegas, eso era rebajar el arte, para Antonio, para El Búnker, es justo lo contrario, es devolverle el arte a la calle, a la gente, al lugar de donde nunca debió salir.

A nosotros nos encanta hacer cosas fuera del canon, explica, porque nos pone un desafío, pero también pone un desafío al público. El que va a la plaza no es el mismo que va al teatro, y está bien, todos tienen derecho a encontrarse con una historia.

Porque de eso se trata, al final. De encontrarse.

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